ESTACION SAN LÁZARO

POR RAFAEL CARDONA

Nada en el capitalismo escapa a los dos amos reales: el comercio y el control político. Los desarrolladores nos cuentan cómo van a supervisar todos los mensajes para ofrecer un mejor servicio a partir del óptimo conocimiento del perfil de sus usuarios.

Dominados y ciegos ante los esplendores más allá de la magia instantánea, con hallazgos de inmediatez cuya fugacidad apenas nace para morir ante el siguiente ingenio, inermes ante el gozoso avance de la tecnología, los habitantes de la aldea global, hoy aldea digital; pañuelo cibernético donde todos se encuentran y todos se aíslan, al mismo tiempo, no hemos tenido tiempo en reparar cómo ha sido cancelada, quizá para siempre y a veces de modo voluntario, la noción de lo privado.

Hoy la simple afiliación automática a un sistema de conglomerados virtuales nos convierte en un rebaño de seguidores atados al cencerro de un pajarito azul, si tan simpático animalito pudiera cargar una campana de vacuno en los cerros del ciberespacio.

La condición de seguidores nos vuelve un tanto niños de Hamelin tras la flauta del mensaje envolvente e incluyente: en un instante formamos parte de una ONG llamada “hashtag”, organización la cual nos hemos afiliado por el simple contenido acumulativo de los mensajes y las adhesiones a veces involuntarias o por lo general basadas en la espontaneidad irreflexiva. Aumentar la virulencia del mensaje, hacerse seguir, destacarse en el anonimato silencioso de los mensajes cuya mudez cubre el mundo.

Sigo, luego existo; es el nuevo cartesianismo de la importancia efímera cuya avalancha se olvidará cuando aparezca otro hash; otro mensaje, otra hoguera en la cual incendiar a quien se lo merezca y según juzgue el supremo tribunal de cada instante. Esclavos de la fugacidad, orgullo del momento.

Y mientras tanto los empresarios de la red hinchan sus bolsillos con cifras más allá de la imaginación. Millones y millones de seres humanos con su fotografía y sus intimidades, en los álbumes del “Facebook”, más millones con sus recados de 140 caracteres; millones en “You Tube” y quien sabe cuántos de ellos fichados irremediablemente por aquellos cuyo cerebro maestro supervisa, controla, hurga, analiza, escarmena en el piojero de los miles y miles de mensajes cuya dimensión sólo sirve para vender y vender.

Nada en el capitalismo escapa a los dos amos reales: el comercio y el control político. Los desarrolladores nos cuentan cómo van a supervisar todos los mensajes para ofrecer un mejor servicio a partir del óptimo conocimiento del perfil de sus usuarios. Y en tanto eso sucede la nube silenciosa guarda nuestros secretos y se entera hasta del motivo de la irremediable fobia a los elevadores.

Todo se ve, todo se analiza. Y si alguien pretende en el nombre de la seguridad nacional o cualquier otro concepto alguna vez de aceptación universal revisar y analizar; ordenar una actividad, como se ha hecho en China, por ejemplo, quienes más violan la seguridad son los promotores del descontento. Ni un paso atrás. La tecnología es el más reciente y hasta ahora sorprendente Derecho Humano. Casi como la vida.

La seguridad de la red, ese ubicuo sistema silencioso cuyos ojos de luces verdes y rojas marca con su parpadeo el compás del baile universal, es una entelequia. Nadie está ajeno del espionaje, ni siquiera las grandes organizaciones como la CIA o el Pentágono se salvan de los ataques cibernéticos, de los bloqueos, de las páginas cerradas, de la extracción de mensajes, del fisgoneo.

Pero si lo hace Assange o lo presume “Anonymous” con sus mostachos enhiestos y su sonrisa socarrona, entonces se la llama reivindicación. Y si un militar estadunidense burla a su país y entrega material confidencial se llama héroe, pues se lo dado a quienes buscan la redención universal mediante la propagación de la red democrática y justiciera. En otros tiempos se le habría llamado traidor.

Hace unos días mientras en el Senado mexicano se discutían cosas de fondo, alguien echó a correr el borrego distractor del control de la red, de la censura (¡vaya horror, la censura!) y desvió las deliberaciones del asunto de fondo: la legislación sobre una actividad de tantos miles de millones de dólares y el control de la gente por medio de los medios.

Como dijo ayer la diputada Purificación Carpinteyro; echaron, como en el Amazonas, una vaca al agua para atraer las pirañas y pasar del otro lado río abajo. Pura y simple distracción.

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